domingo, 9 de agosto de 2020

Mi contacto con la Filosofía

 

 

Aporte de Rodrigo Llanes
Astrólogo y Psicólogo

 

Mi experiencia con la Filosofía inició en la Facultad de Psicología. En esas instancias académicas se toma a la Filosofía como una “precursora” de la ciencia, al no ser empírica en su método y pertenecer solo al campo de la especulación. En ese sentido, ha sido poco menos que apartada al estricto campo de la filología, para ajustar el lenguaje cultural y despojarlo de su cotidianeidad, es decir, una auxiliar de las ciencias.

Se corresponde esto, creo yo, con la cosmovisión cultural actual acerca de la vida. El universo es esencialmente una masa de materia regida por leyes mecánicas y que en última instancia emerge de, y por lo tanto es regido por, el Azar.

Gran Dios, ese azar, al que la ciencia rinde culto aun sin saberlo, y por ello busca desesperadamente el determinismo absoluto. Explicarlo todo, preverlo todo, controlarlo todo. Si la base de todo es azar, al que llamo caos, intento protegerme de eso, aunque no lo sepa.

¿Se observa que proceso sencillo se encuentra en la base de algo que nos parece inmenso, incuestionable, y a lo que llamamos exploración de la Realidad?

Esta cosmovisión marca también, a mi juicio, una división en lo que a la práctica de la filosofía se refiere.

Ninguna cultura antigua consideraba a la Filosofía mera especulación, era, esencialmente, una forma de vivir.

Quien soy, en relación al orden de la vida, y qué es la vida, era el tema de la Filosofía. Ordenaba mis sentimientos, pensamientos y acciones. Es más, me hacía crecer, en función de límites no transgredidos por el común del ser humano. Cumplir con la potencialidad máxima humana, o de la vida. Llevar la forma humana a su máxima expresión, vitalmente, en el día a día, era el objeto de seres humanos que no se veían constreñidos al uso solamente del pensamiento verbal para aquello a lo que llamamos filosofía, sino que le hacían frente con todo su ser y con sus propias vidas.

Esta percepción de la filosofía es, a mi juicio, la que se ha perdido en la cultura moderna, a excepción de ilustres ejemplos, como Nietzsche, como Kierkegaard, y seguramente habrá otros que desconozco. 

La Filosofía se ha convertido entonces, en un debate de ideas, empobreciéndose. Atravesar el velo de existir dentro de ideas, y experienciar en la vida concreta y cotidiana, en mi mundo, en mis vínculos cercanos, aquello que postulamos como verdad, es la potencialidad de siempre de la Filosofía.

Saludos a tod@s.



lunes, 3 de agosto de 2020

Tchou, un aliado oriental


Podríamos preguntarnos: ¿cuáles de las virtudes será considerada la más relevante entre los sabios? Podríamos, también, responder arriesgando una hipótesis, al afirmar que la virtud rectora entre las personas sabias es la prudencia (phrónesis).
En nuestra publicación precedente, vimos que, según Aristóteles, el hábito de la prudencia es la virtud (areté) indispensable para intentar alcanzar el “justo medio”.  En ese punto, el sabio se mantiene tan alejado del exceso como del defecto.
Aristóteles reflexiona sobre las posibilidades de vivir según la razón: nos dice que el cuerpo y el alma tienen sus demandas y requieren cierta satisfacción. Aun aquel sujeto que vive según la razón precisa de la sustancia material para calmar el hambre, la sed y el resto de las necesidades corporales, como así también del éxtasis de las emociones para cumplir con las necesidades del alma. Pero para llevar una vida racional debe haber aprendido y alcanzado el hábito (héksis) de administrar convenientemente sus deseos y sus pasiones. 
Platón hacía también referencia a que “el hombre es un auriga tirado por dos briosos corceles uno el del deseo, otro el del deber y su arte es lograr el justo balance para no perder el equilibrio”. Podríamos afirmar que la sabiduría escapa a los extremos, es decir, que sin prudencia es imposible actuar sabiamente. 
Sin embargo, en capítulos anteriores hemos visto que existieron notables pensadores que defendían otra posición, otra visión, como fueron los cínicos, los estoicos, los hedonistas y los escépticos. Es de suponer que cualquiera de ellos refutaría nuestra hipótesis, no acordaría con nosotros y, por supuesto, más que respetables son sus convicciones. Aun así, insistiremos con nuestra hipótesis pues contamos para ello con un aliado muy importante; el sujeto Tchou. ¿Qué lo hace tan significativo? Nuestro aliado proviene de otra cultura, habla un lenguaje que no es el griego y, a pesar de esas enormes diferencias, comparte con Aristóteles lo conveniente en cuanto a la supremacía de la prudencia en toda acción que realicemos.  El sujeto Tchou se sitúa en el justo medio, alejado de los extremos, tanto del sujeto “Kan”, el místico, que sacrifica el Suelo para ganar el Cielo, como del sujeto “Cheu” el funcionario, que renuncia al Cielo y se aferra a la materia. Sabio él, con plena consciencia del Cielo y del Suelo, revindica su condición humana sin renunciar a ninguno de ellos.
En un texto sobre medicina y filosofía china puede leerse al respecto del sujeto Tchou (El Maestro): “He aquí porque el hombre sabio -con plena consciencia del Cielo y del Suelo- come cuando hay que comer, porque tiene un estómago, rinde homenaje a su esposa cuando es el momento de hacerlo, porque tiene un aparato genital, trabaja porque tiene músculos y articulaciones, en suma, utiliza todas las funciones, simplemente porque están ahí para desempeñar un papel en el conjunto, procurando de todos modos, el principio del “justo medio.    
Claro que el sujeto Tchou ha tenido que recorrer un largo camino interior para alcanzar la sabiduría del prudente obrar. Quizás el mismo camino al que invitaba la máxima esculpida en piedra en el templo de Apolo en Delfos: “conócete a ti mismo”.


                                                                                                                      Jorge O. Veliz















miércoles, 15 de julio de 2020

El Gran Maestro Aristóteles


Se es bueno por uno solo camino, 
se puede ser malo por mil
Aristóteles

Hijo de un médico, discípulo de Platón, maestro de Alejandro Magno, fundador del Liceo y de su Escuela Peripatética, autor de la obra filosófica escrita más amplia de la Antigüedad griega (Lógica, Retórica y Poética, Ciencia Natural, Metafísica, Ética y Política): Aristóteles, el pensador polímata de Estagira, encarna las ansias de saber pleno que dieron origen a la filosofía. 
El alejamiento de la Academia -y, por ende, de su maestro Platón- se debió a que Aristóteles, aún muy joven, asumió un enfoque radicalmente opuesto al Idealismo: no podía aceptar que la realidad física fuera una copia degradada (apariencia) de entidades metafísicas (esencias). A esto opuso una doctrina basada en la comprensión de la existencia a través del conocimiento de los fenómenos y entidades naturales, es decir, construida con los pies firmes en tierra científica y edificada sin ceder los planos a la abstracción imaginaria.   
Aristóteles encuentra en cada ente, animado o inanimado, un compuesto de forma y materia; él no recurre, como Platón lo hacía, a otros niveles del Ser para explicar los fenómenos fácticos del Universo material. En la dimensión de la física, la realidad puede ser comprendida en su constante mutación si dejamos de percibir sólo su actualidad (hechos manifiestos) y comenzamos a percibir su potencialidad (posibilidades concebibles). Toda cosa es una forma en desarrollo: cada ente es una identidad en proceso, pasando de su potencia a su acto. El ser humano es una de esas cosas: el animal pasando de su condición biológica a su existencia racional. Sólo el humano, de entre todos los seres, cuenta con la Razón como facultad (junto con la percepción sensible de los vegetales y el instinto apetitivo de los animales) de su alma: utilizándola tiende a realizar el fin de su existencia, esto es, a alcanzar el Sumo Bien de la Felicidad. 
La razón, en tanto intelecto agente con sede en el alma humana, se manifiesta como hábito: la inteligencia no sólo contempla la verdad, sino que hace efectiva, en cada acto, esa verdad que conoce; únicamente en esa doble tarea el humano hace realidad su ser racional. La vida desarrollada conforme a ese criterio se vuelve sabia, un testimonio biográfico de la virtud no sólo comprendida, sino practicada: una serie de acciones prudentes, es decir, de decisiones tomadas bajo la guía de la reflexión racional. 
¿Y cómo define Aristóteles esa disposición de prudencia, que da el criterio de Virtud (areté) a su ética? Al establecer como criterio de discernimiento práctico el del Justo Medio / Centro Virtuoso / Feliz Mediocridad: la decisión acertada ante los dilemas morales es siempre la menos tendiente a alguno de los extremos considerados posibles. Según esta doctrina, la persona que alcanza la virtud (areté) no es la que realizó esta o aquella acción sobresaliente para luego permanecer en el vicio o la ignorancia, sino la que, alcanzando el hábito (heksis), sostuvo el virtuoso criterio de la prudencia y, con éste, el constante proceder conforme al Justo Medio. Cada acción ha de buscar el punto armónico ante la situación que deba afrontar, sin recurrir a resoluciones drásticas o dictámenes polarizados. El Justo Medio concilia los extremos efectuando un cálculo (base racional de la elección) que sea capaz de encontrar el máximo balance posible (promedio) ante la pugna antagónica a resolver.
Así, Fortaleza resulta un término medio entre temor y confianza, Temperancia entre abstinencia y abuso de placeres, Liberalidad entre avaricia y generosidad… Y la mayor entre todas las virtudes, nos recuerda Aristóteles, es Justicia, firme en su hábito de ser proporcionada (o aritmética: atiende a la magnitud de los castigos) y meritoria (o geométrica: valora la dimensión de las recompensas): ella no sólo hará feliz nuestra vida personal, sino que ampliará esa felicidad al encuentro con los otros en nuestra vida en sociedad. 
Sabemos cuánto han cambiado las circunstancias y paradigmas a lo largo de la existencia humana… Así seguirán, pero, en el escenario de la secularidad histórica, permanecerá incólume la virtud de la prudencia como sacro proceder de la persona sabia.

El Signo de Interrogación te invita a seguir pensando:
¿Te consideras una persona prudente, según el criterio aristotélico?











miércoles, 1 de julio de 2020

Abstención, el veredicto de la duda


Al escéptico ocurrió con la felicidad
 lo que a aquel pintor que, teniendo poco éxito en pintar la baba de un caballo,
arrojó frustrado su esponja sobre el cuadro y ésta,
al chocar con el paño, plasmó dicha baba.
Sexto Empírico

El escepticismo registra un desarrollo históricamente amplio de su doctrina, a lo largo del cual ésta fue adquiriendo distintos grados y matices: desde la de Pirrón de Elis (S. IV a.C.) hasta la de Sexto Empírico (S. III d.C.). Desde sus orígenes, la renuncia al juicio (afasia) marcó el radicalismo de su planteo teórico, trasladando la cuestión ética -es decir: ¿en qué consiste vivir bien?- a las arenas epistémicas -es decir: ¿en qué consiste conocer bien?-.
Los escépticos asumen que la felicidad consiste en la imperturbabilidad del ánimo (ataraxia) y que filosofar consiste en pensar cómo alcanzar dicha experiencia, pero, a diferencia de las otras escuelas, no buscan alcanzar un nivel de comprensión (cósmica o práctica) sobre el cual basar ese estado anímico. Por el contrario, interpretan a la búsqueda de conocimiento como un proceso en el cual toda aspiración a la calma anímica resulta frustrada: mientras investigamos nuestra realidad en persecución de la verdad no hacemos más que extraviar nuestro bienestar. Esto es así porque cada respuesta conduce a una nueva pregunta, cada evidencia recibe el embate de una imprevista duda… Los sentidos pueden percibir inadecuadamente, los razonamientos abstractos pueden no tener correspondencia alguna con la realidad concreta, el consenso universal que erradique la polémica es imposible de alcanzar… Nuestro ánimo no encuentra, ni por sí mismo ni junto a otros, certeza sobre la cual reposar.
El escéptico es un sujeto que duda o está en desacuerdo con lo que es aceptado como verdad objetiva, pues sostiene que la emisión de todo juicio depende del sujeto que estudia y no del objeto estudiado. Un escéptico diría “mi día ha sido hermoso” y no “el día ha sido hermoso”: se trata de emitir opiniones y no juicios, es decir, de no abandonar la disposición a la epojé (suspensión del juicio).
El aquietamiento espiritual sólo puede ser alcanzado suspendiendo el asentimiento a todo juicio definitivo. Esto no quiere decir que escéptica (skeptikoi: quien no cesa de examinar) sea la persona que posterga indefinidamente toda resolución, apartándose del fluir práctico de la vida; escéptica es aquella que hace de la prudencia su regla de conducta, es decir, aquella que delinea y valora sus opiniones y acciones según el criterio de lo plausible, poniéndolo en lugar del criterio de lo certero.
El conocimiento al que aspira el escepticismo es aquel consciente de sus propias falencias, esto es, uno capaz de acotar su aspiración a lo verdadero en los límites de lo verosímil.
La verosimilitud representa un grado de conocimiento -lo plausible- y un factor de decisión práctica -lo persuasivo- muy distinto a la verdad -lo innegable-. Como grado de conocimiento, lo verosímil implica el sometimiento de toda certeza (de nivel teórico o empírico) a constante revisión: es el remedio contra cualquier grado de dogmatismo. Como factor de decisión práctica, lo verosímil exige la superación del aislamiento que cualquier convicción particular (por doctrina o experiencia) implica: es la protección contra cualquier grado de intolerancia.
El escepticismo no niega el hecho de que nuestra condición existencial nos reta constantemente a tomar decisiones; somos identidades en desarrollo que dependen de cada una de ellas y, como seres vivos, no podríamos eludirlas o aplazarlas indefinidamente. Para los escépticos, cada una de ellas debe ser afrontada desde una individualista incredulidad: la irreductible dimensión personal debe preservarse tanto al conocer como al actuar. Así, habremos renunciado a la pretensión de poder conocer la realidad objetiva y, por ello, de imponer La Verdad.     

 El Signo de Interrogación te invita a seguir pensando:
¿Te consideras una persona escéptica?
¿Crees que la única opción al escepticismo es el dogmatismo?  











   

miércoles, 17 de junio de 2020

Vida de perro


Alejandro Magno preguntó a Diógenes,
que estaba cuasi desnudo a la puerta del tonel en que vivía en medio de una plaza:
¿Qué puede hacer este magnánimo servidor por ti?
Diógenes respondió: Apartarte, me estás tapando la luz del sol.

Los hedonistas y los estoicos nos proporcionaban una base firme y contundente sobre la cual erigir nuestro mirador personal del paisaje de la vida: desde la estabilidad de su punto de vista ético, nuestra subjetividad podía percibir e interpretar las mutaciones del mundo para valorar y elegir nuestras acciones en él.
Antístenes de Atenas y luego Diógenes de Sinope vendrían a sacudir (entre la segunda mitad del S. IV y principios del S. III a.C.) la estructura que aquellas dos doctrinas habían elaborado. La postura ética que contrapusieron a ellas se denominó Cinismo (proveniencia etimológica de kyon: perro) o “vida cual perro”; su postulado práctico básico podría resumirse diciendo: la simplicidad extrema del desarrollo de la vida animal debe ser imitada por el ser humano para que su existencia resulte feliz. ¿Qué rasgo de la vida animal puede ser considerado virtuoso, es decir, capaz de encaminarnos a la felicidad? Su prescindencia de todo factor que no sea el estrictamente necesario para asegurar la subsistencia del cuerpo y la espontaneidad del carácter. La vida del perro nos enseña frugalidad, austeridad y, sobre todo, indiferencia ante mandatos que no sean los de la naturaleza: el perro no persigue el honor, no guarda modales, no se angustia ante la incertidumbre, no acata órdenes, no fija planes ni alimenta aspiraciones… Todo esto, por supuesto, si no ha sido domesticado, es decir, si el peso de las convenciones no le ha sido impuesto o el collar de la autoridad no le ha sido puesto. Justamente, en ese doble proceso consiste, para los cínicos, la vida en sociedad.  
Ellos desprecian la normatividad moral por ser la causa de complejizar la mente que, si se mantuviera en estado natural, no tendría que afrontar dilemas entre valores al momento de actuar. Ellos rechazan las reglas de convivencia (costumbres o leyes) no por rebeldía política, sino porque asfixian la plenitud de acciones a las que el humano tiene legítimo acceso por su sola condición de ser parte de la naturaleza.
Ser cínico consistía en una actitud que se transmitía con el ejemplo práctico y resultaba enseñada mediante actos sin fijar doctrina, cobrando realidad como un estilo de vida que cada practicante testimoniaba ante el resto de la sociedad y que nuestra mente moderna podría evocar en la figura del linyera, el ciruja o el sin techo… Estas condiciones, para estos filósofos, eran pautas de vida elegida y no padecida. Con ellos surge la concepción de “excentricismo”, es decir, de ubicación individual corrida del centro de lo normal y lo aceptado socialmente; nuestra época conserva sólo algunos rasgos superficiales de la actitud extrema de aquellos originales “perros vagabundos”: ironía, sarcasmo, burla. Esos eran los recursos discursivos con los que los cínicos ladraban -para ahuyentar y también para morder- a los modales y a las apariencias, a los prejuicios y a las hipocresías.
Hoy entendemos por cínica a la actitud de actuar “como si” un problema no existiera, de fingir indiferencia ante un conflicto evidente; por el contrario, los cínicos de la Antigüedad griega denunciaban la impostura en cada una de las presuntas soluciones civilizadas a las vicisitudes de la vida cotidiana y alertaban sobre su engaño viviendo “como si” éstas no existieran, con la valentía de dejarse a sí mismos ante la vista de los demás como una cruda muestra de la plenitud de la vida desenmascarada de los atavíos culturales.   

El Signo de Interrogación te invita a seguir pensando:
¿Con cuál de las dos interpretaciones del cinismo te sientes más en común, la antigua o la actual?
¿A cuál de ellas recurres con más frecuencia a la hora de confrontar tu Yo auténtico con las convenciones de tu sociedad?




viernes, 12 de junio de 2020

El mal vivirá en quien no sepa vivir bien

No olvides, simple actor, que vivir es representar una pieza:
no te corresponde juzgar qué papel te toca;
interprétalo lo mejor posible
 pues es tu deber representar bien, no elegir tu papel”.
Epicteto

En terrenos próximos al Pórtico de Atenas (la Puerta o Stoa: estoicismo proviene etimológicamente de este término), Zenón de Cizio fundó, hacia finales del S. IV a. C., la escuela estoica. La misma se ubicaba casi a la salida de la ciudad, para indicar su carácter alejado, distante respecto de las convenciones masivas y de los criterios culturales vigentes.
Esta doctrina compartía con la hedonista un enfoque empirista del conocimiento: hallaba en la experiencia (y no en alguna entidad trascendente u orden metafísico) la fuente y condición de validez de cualquier saber. La metáfora a la que solían recurrir los estoicos era corporal: “nuestra capacidad de representación es la mano abierta (ponemos en ella lo que recibimos del mundo), nuestro asentimiento es el plano de los dedos juntos y tensos (nos disponemos a conocer y aceptar lo conocido), nuestra comprensión es el puño cerrado (depende de nuestro esfuerzo cómo interpretar lo que hemos conocido y aceptado) y, finalmente, la ciencia es el puño de una mano comprimido dentro de la otra (resulta del complemento de la voluntad subjetiva y la imposición objetiva)”. 
 Los estoicos son panteístas, pues creen que la divinidad está difundida en la materialidad de los fenómenos y las cosas (animadas o inanimadas), impregnando cada situación con su ser; son, también, fatalistas, pues creen que esa omnipresencia divina se plasma en la realidad como un sentido ineludible e inexorable. A la concatenación de acontecimientos que aceptamos como destino podemos conocerla  -en mayor o menor medida, según nuestra aptitud lógica- pero no alterarla: podemos actuar en adhesión voluntaria a este designio cósmico que nos señala el camino a la felicidad, pero no podemos modificarlo.
Justamente, para Crisipo (sistematizador de esta escuela), ser feliz consiste en vivir en estado de apatía (carencia de padecimiento), es decir, sin acceder a involuntarias alteraciones emocionales ni sufrir fluctuaciones anímicas provocadas por los eventos positivos o negativos a los que nuestro destino nos enfrente. ¿Significa esto que sabio es quien logre volverse indiferente ante el mundo o egoísta frente a sus prójimos? Todo lo contrario: estoica es aquella persona que, consciente del escenario de sus posibilidades, elige la buena acción aun pagando el precio de su perjuicio propio. Según los estoicos, actuar de manera sabia es hacer “lo que hay que hacer” (deber) sin importar las consecuencias que esa acción traiga, en desdicha o placer, sobre el ego. La satisfacción de realizar la acción correcta reviste un valor superior a cualquier logro material, situación conveniente o fama con que el mundo pudiera premiarnos.
Así, confiados en la capacidad racional del ser humano, los estoicos construyen su mirador ético a las dinámicas de la vida, desde donde la aspiración a la virtud consiste en saber interpretar dichas dinámicas para encontrar un puesto virtuoso en ellas.
La actitud estoica se basa en entender racionalmente (intelección) el marco circunstancial de nuestra existencia: de cómo sea nuestro mundo depende el límite de lo que nosotros podamos o debamos hacer en él. Dado que nunca elegimos en autonomía plena sino en heteronomía parcial, cuanto más entendamos qué condiciones nos influyen y determinan, más podremos entender qué efectos de nuestra acción dependen de nuestro empeño y desempeño…  y cuáles quedan fuera de nuestra potencia práctica. De este modo, iremos construyendo nuestro camino interno (carácter) a la felicidad, es decir, a la dignidad de no haber adaptado nuestra identidad al mundo, sino al destino que hemos sido capaces de comprender y aceptar como Nuestro. 




martes, 2 de junio de 2020

Superficies de placer



Sé servidor de la filosofía sólo para alcanzar tu libertad”.
Epicuro

Hacia el año 306 Epicuro funda su escuela en Atenas. Dada la amplitud y versatilidad práctica de su doctrina, ésta pronto se difundió por toda Grecia y se mantuvo viva por más de seis siglos, extendiendo su influencia a Medio Oriente y al Imperio Romano más tarde.
La posición histórica de Epicuro influye fuertemente sobre la teoría que elabora: él piensa luego de que grandes sistemas filosóficos ya se habían erigido. Para Sócrates el problema principal del filosofar había sido la ética; Platón y Aristóteles se esforzaron (desde enfoques distintos) por resolverlo basando dicha ética en una visión metafísica del cosmos, es decir, basando la conducta virtuosa del humano en algún factor trascendente a su situación existencial. Epicuro -y, al igual que él, distintas escuelas del período histórico conocido como Edad Helenística- introduce una variación en la aspiración filosófica: la prioridad del pensamiento racional no es saber en qué consiste la sabiduría, sino saber en qué consiste ser sabio. Dicho de otro modo: el acceso a la Verdad ya no es un fin en sí mismo sino un medio: podemos ignorar muchas cosas sobre el orden y la estructura del Universo, sólo necesitamos abocarnos al conocimiento de aquellas que consideremos factores influyentes sobre el humano estado de felicidad.
Ahora bien: ¿cómo podemos aspirar a ese estado y, sobre todo, qué importancia tiene la filosofía en ese proceso?
Dice Epicuro que la felicidad es un nivel de ánimo gozoso que alcanzamos cuando nuestra alma se vuelve consciente de que su propio bienestar depende sólo de sí misma. Ser feliz consiste en disfrutar la conquista de la autonomía espiritual y la filosofía es el sable que hace posible esa conquista. Como ya vimos, para los griegos el filosofar consiste prioritariamente en disipar opiniones erróneas. En esa línea avanza Epicuro definiendo a la filosofía como el “cuádruple remedio” que nos cura de las creencias falsas que atentan contra nuestra felicidad: el temor a los dioses, el miedo a la muerte, el ansia de los placeres y el pesar de los dolores.
Entender a la naturaleza como un conjunto de fuerzas y elementos físicos, sin intervención metafísica alguna, nos libera de la creencia en influjos de voluntades divinas: somos libres. Entender a la muerte como la disolución de nuestra sensibilidad corpórea nos libera del temor a la tumba: no sufriremos lo que no podemos experimentar. Entender, finalmente, el alcance de los placeres como medios para alcanzar la ausencia de dolor (aponía) nos libera de las pasiones nocivas y de las actividades insalubres: aceptaremos padecer únicamente aquel dolor que debamos asumir como condición para lograr un placer mayor a dicho dolor.
Encontramos, así, en la doctrina del hedonismo (hedoné: placer) la propuesta de una inteligente mesura: volvernos lo suficientemente racionales como para administrar -y no padecer- las causas y efectos de nuestros placeres y nuestros displaceres, aprendiendo a calcular las consecuencias sobre nuestras vidas de esos sentires antagónicos, para así poder sopesarlos sobre la balanza de nuestra prudencia. Si en la consecución del placer aguarda la meta final de nuestra vida anímica, no es cualquier placer al que apuntamos: sabremos que hemos alcanzado nuestra felicidad cuando experimentemos el placer proveniente de la ausencia de turbación (ataraxia) de nuestra alma ante el incesante disturbio del mundo.